México Trágico

Uno de los sentimientos que predominan en la sociedad actual es el de una grave y punzante desazón, el de pensar que es casi imposible que los numerosos problemas de nuestro país puedan resolverse algún día. Pobreza, desempleo, inseguridad, violencia, injusticia, corrupción, consumismo, hacinamiento, guerras, desastres naturales, contaminación, explotación, depredación de la naturaleza… la acelerada deshumanización de la vida. En el mundo contemporáneo muchas de las críticas más consistentes a la forma en que se ha entendido el progreso han sido expresadas por artistas. Recuérdese, por ejemplo, la trilogía Qatsi —que significa vida en el idioma de los hopis—: Koyaanisqatsi (1983), Powaqqatsi (1988) y Naqoyqatsi (2002), dirigidas por el cineasta Godfrey Reggio y musicalizadas obsesivamente por Philip Glass. Las tres películas consisten en una sucesión vertiginosa de imágenes de la vida moderna y el divorcio entre ésta y la naturaleza, tres relatos duros y conmovedores que mueven a la reflexión y nos compelen a alguna forma de acción que pueda evitar o detener las cosas que hacemos mal.
Ésa es una de las cualidades del arte: mostrarnos, mediante un artificio, una realidad disfuncional que no permite la mera contemplación: ante la pintura de Óscar Basulto (Guadalajara, 1975) no se puede permanecer impasible. Ante la ridiculización de los políticos de todos los signos y colores —predadores todos por igual; reyezuelos miserables— es inevitable dibujar una sonrisa que se ha alimentado previamente del desprecio.
De la misma manera los cuadros de Basulto que tratan de violaciones, prostitución, asesinatos, enajenación, represión y el nutrido catálogo de lastres sociales encuentran en su resolución formal el vehículo para escudriñarlas no sin algún resquemor, con
cierto miedo de atisbar lo que se ha plasmado con figuras de apariencia inocente al primer vistazo: cuadros que entreveran la estética del cómic, de los ex votos y hasta —o sobre todo— de la nota roja periodística, para los cuales el propio artista ha acuñado un término de afortunada pertinencia: periodismo plástico. En esta serie, México trágico, Basulto obliga a mirar de nuevo las noticias que han ensombrecido con estúpida insistencia el paisaje nacional. Escenas de masacres y violencia desmesurada a las que es imposible acostumbrarse tratadas con una falsa ingenuidad que combina el viejo impresionismo con el colorido de los cartones y tiras cómicas de Morcillo y La Familia Burrón y la pornografía de las fotografías ensangrentadas de diarios y noticieros. También aparecen la ceguera y la protesta, el circo de la política y los operativos militares, la omnipresencia de la tecnología y la idiosincrasia ancestral; en suma, la pachanga y la tragedia…
Si Monet y Seurat se preocuparon por plasmar la luz en pinceladas o puntos de colores puros para representar escenas apacibles y bucólicas, Basulto emplea grandes puntos y manchas multicolores para insistir en la necesidad de volver a mirar con otros ojos la decadencia en que nos hemos sumido. Acaso sea una exageración decir que sólo el arte podrá salvarnos, pero ¿por qué no intentarlo?
—Rogelio Villarreal, Guadalajara, 2014

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